Crónica del 29 S, la violencia continúa


Texto y fotografías de Alejandro López de Miguel


30 de Septiembre de 2012


Primera plana: el asalto al bar Quevedo


En torno a las 12 y media de la noche del 29 de septiembre, un grupo de personas entre las que se encontraba la abogada Clara Timón se daba cita en el  bar Quevedo, cuando la policía  irrumpió en el local y agredió a la joven sin articular palabra. Timón, que ha interpuesto la correspondiente denuncia esta tarde, cuenta con un parte de lesiones que recoge los numeroso daños causados por los efectivos policiales: golpes en los brazos, en la rodilla o en la ingle que los agentes le propinaron sin mediar palabra. La abogada no fue la única agredida en el bar Quevedo, pero sí quien salió peor parada ante el ataque de los agentes, que no solicitaron información a ninguno de los presentes en el establecimiento ni lucían sus números de identificación (como tampoco lo hacían la práctica totalidad de los efectivos).

El momento posterior a la agresión fue capturado en vídeo por David Santos Lobo, comunicador audiovisual y compañero freelance.






Crónica del 29 S



Poco después de las siete de la tarde (una hora después del inicio del acto reivindicativo),  cerca de 20.000 personas se congregaban en la plaza Cánovas del Castillo, ante las vallas metálicas del Congreso de los Diputados. Desde el primer momento de la concentración fue posible observar un aumento considerable de manifestantes más jóvenes, en una jornada en la que en un principio debía desarrollarse una manifestación pacífica.



Anunciada desde el pasado 26 de marzo, y promovida  por colectivos como la Coordinadora 25-S o la Plataforma En Pie!, la concentración del 29-S acaparó la atención de numerosos medios que, si bien no obtuvieron el permiso de la policía para instalar las torretas que ya habían utilizado para la cobertura del 25 y 26S, buscaron nuevas estrategias para acercar a los hogares españoles los hechos que allí se desarrollaban: desde una habitación en el Hotel Palace, o desde la terraza de un edificio anexo a la plaza, Oberon, Reuters o Telecinco gozaban de una vista privilegiada de lo que ocurría en la plaza.


Los insultos y las ensordecedoras pitadas a los cuerpos de seguridad se mezclaban con las consignas; “¿donde está el número de placa?”, “no me pegues, soy compañero”  o “¡sí se puede!”  eran algunas de las frases más repetidas por la multitud, replicadas en ocasiones por el sistema de sonido montado en el techo de la furgoneta apostada (por algunos colectivos, entre ellos la Coordinadora) a poco más de 20 metros de la valla.

El dispositivo policial fue similar al desplegado durante las manifestaciones de la pasada semana, y el modo en el que se distribuyeron los cuerpos de seguridad fue similar al adoptado durante el pasado día 26, y bastante distinto a la estrategia adoptada el 25 S: en cada una de las cuatro esquinas de la plaza al menos seis furgones policiales (a los que se unieron al menos otra docena cuando comenzaron las cargas) controlaban la protesta.

Detrás de la barrera que protegía el perímetro del Congreso, al menos una veintena de efectivos vigilaban desde la primera fila cómo se desenvolvían los acontecimientos al otro lado.  La presencia de individuos encapuchados era escasa, y en muchos casos se trataba de individuos muy jóvenes (bastantes de ellos eran menores). Sin embargo, poco después de que comenzaran los primeros lanzamientos de objetos a las fuerzas de seguridad, un grupo de cinco o seis individuos apostados a apenas cuatro o cinco metros de la barrera en el lado derecho comenzaron a pertrecharse para la ocasión: mascarillas (médicas), pañuelos, gorras formaban parte de su atuendo, al que añadieron chalecos acolchados o jerséis, para protegerse de los golpes.


En torno a las 10 de la noche, un grupo de manifestantes violentos volvió a lanzar latas de cerveza vacías y otros objetos a la policía, pero el resto de manifestantes logró expulsarlos de la primera línea, impidiendo que continuaran provocando a los agentes.

Sin embargo, cerca de las 11 de la noche, la situación volvió a descontrolarse; mientras algunos de los manifestantes violentos aporreaban las vallas y otros continuaban arrojando objetos a los agentes,  la policía, que ya iba armada con sus escopetas de pelotas de goma, cargó desde el paso de peatones del tramo Cibeles-Neptuno en el Paseo del Prado, comenzando una nueva exhibición de violencia entre algunos de los asistentes y los cuerpos de seguridad, que cerraron el cerco que habían creado alrededor de Neptuno.





Volvían a repetirse así los lanzamientos de botellas de vidrio, petardos y un objeto incendiario contra los policías, que cargaban de manera indiscriminada contra los allí reunidos.  El impresionante despliegue policial (llegó a haber entre 35 y 40 furgones en la plaza) no logró evitar que una parte de los manifestantes arrojaran contenedores al suelo para crear barricadas en la calle Cervantes.





Según ha podido saber Pensamiento Crítico gracias a la información de algunos compañeros, las cargas continuaron en dirección a Gran Vía, pero este medio optó por continuar informando en la otra dirección, la bajada por el Paseo del Prado hasta la rotonda de la Estación de Atocha.

Tal y como ocurrió la noche del 25 S, el Paseo fue el escenario de una batalla entre las fuerzas de seguridad y cerca de un centenar de manifestantes , algunos  de ellos violentos, que lanzaron nuevos objetos a los efectivos policiales.



Después de golpear a una joven desarmada que en ese momento no provocó de manera alguna a los agentes, éstos avanzaron cerca de cincuenta metros para acercarse a la multitud, que retrocedía.  En ese momento, un hombre de entre 30 y 40 años se arrodilló ante los agentes, mientras suplicaba que no le pegaran, e intentaba impedir su avance. Cuando los agentes montaron en sus vehículos, el manifestante se arrojó al suelo mientras imploraba a los policías que se detuviesen, aunque no pudo lograrlo; entre seis y ocho furgones pasaron a toda velocidad a ambos lados del hombre, que sollozaba,  y sólo cuando el peligro de colisión era inminente decidieron desviar su rumbo para evitar atropellar a una joven periodista.




Los vehículos policiales pusieron rumbo a la calle Atocha, para después desviarse al barrio de Huertas, que sería el escenario de una nueva batalla. Al menos diez furgones hicieron entrada en el barrio, en el que los manifestantes habían creado nuevas barricadas empleando contenedores, mientras numerosos vecinos insultaban a los agentes desde sus ventanas.

Durante la persecución, un joven pertrechado con un chaleco reflectante que se encontraba en el grupo de prensa, que seguía de cerca los pasos de la policía, fue golpeado en el pecho por un adoquín lanzado por los manifestantes violentos, que también atacaron con botellas de cristal y otros objetos a los agentes.



Las cargas se sucedieron mientras la multitud se dispersaba. En la calle León, un grupo de personas se agolpaba para observar con curiosidad a los agentes que retrocedían, y una mujer de entre sesenta y setenta años felicitó a los agentes por su labor. Desde los locales, eran muchos los que vigilaban los movimientos de los cuerpos de seguridad, sin saber que en apenas unos minutos  algunos de ellos serían agredidos por los agentes.

El incidente del bar Quevedo, en el que la policía irrumpió sin mediar palabra para golpear a los consumidores allí presentes no fue un hecho aislado, en una noche en la que la mayor parte de los medios que aún permanecían en la zona perdieron el rastro de los agentes en el barrio de Lavapiés, sobre la una y cuarto de la noche (a pesar de que las televisiones habían anunciado el cese de las cargas a medianoche).

Esta última jornada de protestas, en las que un grupo de manifestantes pacíficos protagonizó una sentada frente a la valla del congreso a partir de medianoche, cuando las cargas se sucedían en el Paseo del Prado, se saldó con al menos dos detenciones, y más de 12 personas requirieron asistencia médica.

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