En busca de los Muckrakers

28/02/2013

Las portadas de los más importantes diarios nacionales reflejan a menudo la delicada situación del periodismo en nuestro país. El pasado 24 de febrero, solo un día después de la masiva manifestación que hizo temblar las calles de Madrid (y que se repitió en menor escala en otras 80 ciudades españolas), los principales periódicos españoles dieron buena cuenta de las últimas informaciones relacionadas con Iñaqui Urdangarín o Luís Bárcenas (personajes del momento), despreciando la importancia de las protestas del 23-F, claras demostraciones del descontento popular con las medidas del Ejecutivo.

 

Parece ser que: ni los 45 detenidos (más el alto número de identificados), los destrozos ocasionados (entre otros, la quema de varios contenedores), la mochila llena de cócteles molotov que asegura haber hallado la Policía, o las violentas peleas entre ciudadanos y policías (de nuevo, con abusos por ambas partes) son, al parecer, hechos anodinos, sin especial relevancia. Se equivocaban. Ni los agentes de la policía golpean y retienen a una menor cada día, ni los propios agentes deben esquivar pesados adoquines lanzados por ciudadanos habitualmente.


Los medios sabían lo que estaba pasando. Tuvieron acceso a distintos documentos audiovisuales que lo probaban pero,  por algún motivo, decidieron no utilizar (caso de TVE, sin ir más lejos). La realidad es que, salvando algunas demostraciones aisladas de buen periodismo, y varias filtraciones nada casuales, acostumbramos a digerir periodismo prefabricado, de copia y pega, sin valor añadido.

 

La manipulación en los medios informativos suele ser una constante, en mayor o menor medida; empieza con la elección de los temas, formatos y tiempos, y continúa con el modo en que se presentan estos contenidos, materializándose en forma de comentarios claramente tendenciosos, en interpretaciones sesgadas e informaciones incompletas.

 

La concepción del periodismo como un mero negocio (sin tener en cuenta su carácter de servicio público), y la crisis económica que azota a todos los sectores del país, son algunos de los factores que explican esta degradación. Mientras que la instantaneidad que proporcionan las nuevas tecnologías, dificulta la contrastación de fuentes, la elaboración de un contexto que aporte verdadera información al lector, y no un breve apunte sobre un hecho.

 

En muchos casos, los informadores nos hemos dejado llevar por este modelo sin oponer resistencia, sin intentar cambiarlo. Por más que algunos defiendan que la precaria situación del periodismo se debe a la crisis económica, lo cierto es que profesionales de reconocido prestigio llevan años alertándonos sobre esta realidad. Aunque existan excepciones, informadores que luchan contra los ERES o contra los intentos del poder de influir en los contenidos, cada día consumimos ejemplos de este periodismo dócil, servil. Es imposible que ni un solo periodista supiera lo que estaba pasando con las preferentes en Galicia, que ningún informador tuviera constancia de lo que ocurría en Bankia, que la mayoría de los periodistas españoles no sepan que el Banco Santander invierte en el sector armamentístico

 

El término Muckraker (en inglés, removedor de basura o rastrillador de estiércol) es un vocablo utilizado para designar a algunos de los periodistas (o grupos de los mismos) que a comienzos del pasado siglo XX en Norteamérica, centraron su actividad profesional en denunciar la corrupción política y otros abusos bastante habituales en la sociedad de la época.

 

Los casos desvelados recientemente, no solo equivalen a la punta del iceberg de la corrupción, sino que además llevan años, lustros o decenios teniendo lugar y hasta hoy, ninguno de los medios se había pronunciado al respecto. No está claro si siguen existiendo los Muckrakers pero, es evidente que en la coyuntura actual, son tremendamente necesarios.





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