Inteligencias para todos los gustos

Carmen Reja Guisado

Número 12 15/03/2013

Un docente para grupos de entre 30 o 40 escolares, una programación didáctica casi inmutable, estática a pesar del paso de los años, un sistema de calificaciones que encasilla a los alumnos y los transforma en una pieza más del engranaje para el que están siendo formados.  Términos como coeficiente intelectual o examen han sido  notorios en la vida académica de cualquiera de nosotros, dejando desterrados conceptos tan importantes como creatividad o imaginación, para concluir en un adiestramiento que para muchos expertos resta importancia a la voluntad individual y permite la conversión de hombres en máquinas.  Estas conclusiones, extraídas del largometraje documental y argumental La educación prohibida, Argentina 2012,  (www.educacionprohibida.com) son la mejor introducción posible para el tema a desarrollar.

El sistema educativo tal y como lo conocemos procede en gran parte del mundo de la educación prusiana. Encuentra sus orígenes en la Edad Media, donde se formaba a los religiosos en monasterios o en escuelas de latín al servicio de la aristocracia. 

“Arbeit Macht Frei” o, lo que es lo mismo: “El trabajo hace libre” o “el trabajo os hace libres”, era el rótulo que coronaba la puerta de entrada del campo de concentración de Auschwitz, y de muchos otros campos de trabajo y exterminio de la Alemania nazi. Pero, ¿qué tipo de libertad era la que se estaba ofreciendo? ¿Qué finalidad perseguía? Sin duda, no era más que la excusa perfecta para formar “soldados” a las órdenes de: ¡Enséñenme el cuaderno! ¡Cállese!  Cualquier mandato bastaba para convertir personas en números que, posteriormente, servirían al Estado (instrucciones de un manual de primaria de Alemania en 1870, haciendo referencia a la escuela prusiana, donde instruían a niños como si fuesen soldados).

Todas estas pautas se rigen por el manifiesto conductista (publicado por Watson en 1913), que sienta las bases de la escolarización moderna, la publicidad, la propaganda militar y los mecanismos de tortura. En definitiva, la manipulación de masas a través del miedo.

Maria Montessori
Del otro lado, muchos son los métodos educativos que han servido para fomentar las capacidades intelectuales. Uno de los más conocidos es el método Montessori (1870-1952), dirigido particularmente a niños en la etapa preescolar y basado en promover la iniciativa y la capacidad de respuesta del niño. Este es motivado a enseñar y colaborar con la elección de su propio trabajo conforme a sus habilidades. La figura del maestro deja de tener un papel dominante, dando paso a la participación del alumno, que pasa a ser el protagonista; es el que decide qué trabajo va a llevar a cabo de acuerdo a su interés. Los errores ya no son señalados en rojo, como acostumbrábamos a ver en nuestros controles, sino que son descubiertos por el alumno a través de sus experiencias con el material didáctico (especialmente diseñado en este método).

Este material propicia el desarrollo de los sentidos, y está enfocado a la perfecta resolución de problemas prácticos. Se plantea la importancia que tiene el juego en el aprendizaje, la importancia de los juguetes. Los niños, mediante el juego, ya sea solos o acompañados, descubren, experimentan, investigan, hallan problemas y soluciones al mismo tiempo. Crean. Imaginan. Todo ello es impulsado (o no) por el entorno que les rodea y les propone las claves para un correcto aprendizaje. 


Estos problemas o la consecución de soluciones podemos abordarlos con la inteligencia. Es una capacidad o facultad que se encuentra en diferentes formas en todos los individuos. Todos, en algún momento de nuestra etapa escolar, hemos tenido la destreza o la falta de esta, para solventar con más o menos agilidad las pruebas que nuestro sistema educativo había decidido proponernos.

Pues bien: si los compañeros de pupitre despuntaban en algún examen, cometíamos el error de sentirnos inferiores o menos inteligentes.  Ha quedado demostrado que estos test académicos tienen cierto éxito para valorar el rendimiento escolar, pero no pueden asegurar el éxito en una profesión determinada después de la escolaridad (Jencks, 1972).

Howard Gardner
La teoría de las inteligencias múltiples, desarrollada en la década de los ochenta por el doctor Howard Gardner, plantea una nueva visión en la que se realzan capacidades que tenemos todos los seres humanos pero que no pueden ser calificadas en el ámbito educativo tradicional. Se abre el abanico de posibilidades para fomentar que todos los alumnos tengan distintas oportunidades.

Este sistema distingue la existencia de varias inteligencias (entre 8 y 10, hay varias interpretaciones): musical, cinético-corporal, lógico-matemática, lingüística, espacial, interpersonal, intrapersonal, naturalista, existencial y pedagógica.

Así, la inteligencia musical está relacionada con ciertas partes del cerebro, que desempeñan papeles importantes en la percepción y producción musical.

En la danza o en los deportes entra de lleno la evolución de los movimientos corporales. Incluso la intención de expresar un sentimiento, pone de manifiesto las características cognitivas de uso corporal. Nos referimos a la inteligencia cinético- corporal. 

Sin lugar a dudas, la lógico-matemática se convierte en la más familiar para todos nosotros. Conforma la base principal para los test de CI (Coeficiente Intelectual), y nos ayuda a resolver problemas en estos terrenos.

La comunicación verbal, a la que recurrimos constantemente, bebe de otra de las inteligencias: la llamada inteligencia lingüística.

Por su parte, las artes visuales emplean la inteligencia espacial. Se aplica a la resolución de problemas espaciales, visualización de objetos en diversos ángulos.

Hay personas que cuentan en su haber con un don para vislumbrar el interior de otras,  para conocer sus estados de ánimo, motivaciones o intenciones con pasmosa facilidad, sin que apenas medien palabras. Su habilidad está relacionada con la inteligencia interpersonal: la encontramos (o así debería ser) en profesiones como la enseñanza y la política, pero también en las relaciones con nuestros padres. Por el contrario, si distinguimos estos sentimientos dentro de nosotros mismos, los reconocemos y podemos etiquetarlos, demostramos nuestro dominio de la inteligencia intrapersonal.

El mundo que nos rodea toma protagonismo para explicar la inteligencia naturalista. Esta es la que nos ayuda a reconocer elementos del entorno natural.

Y por último, finalizaremos el listado con la existencial. Esta inteligencia evidencia la capacidad  del ser humano para situarse con respecto al cosmos, así como su preocupación por la vida y la muerte, y otras experiencias profundas, como el amor por otra persona.

Son ya muchos los centros educativos que tienen en cuenta la existencia de las distintas inteligencias para garantizar el correcto aprendizaje de sus alumnos. Aún queda mucho que recorrer pero, al menos, tal y como asegura la psicóloga Begoña Ibarrola, hemos caído en la cuenta de que “todos somos inteligentes, solo que en distintos ámbitos”.


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