Nos dan por perdidos

Alejandro López de Miguel    -   Opinión

Número  17 - 31/05/2013

Me duele todo el cuerpo. Me duele cada vez que doblo la esquina y veo familias buscando en las basuras, cuando leo los titulares en la prensa, durante mis cada vez más escasas y breves sentadas ante la caja tonta. Me duele todo el cuerpo,  como si me hubieran molido a palos,  al sentir la rabia, la desesperación y el dolor de mis compatriotas (palabra que en contadas ocasiones tengo la ocasión de utilizar).

No es necesario ceñirse a los datos de EPAS, estudios, encuestas o indicadores macro que no hacen más que despistarnos sobre la gravedad de la situación: no hay arreglo, solución o paliativo que pueda aplicarse a corto o medio plazo. Nos hundimos.

Por suerte para quienes manipulan  las cifras a su antojo desde cómodos sillones, con pensiones garantizadas, jornadas laborales propias de los célebres minijobs de Merkel, dietas, coches oficiales y trajes a medida, los números no son más que frías representaciones de una realidad que va mucho más allá. Seis millones doscientos mil no es más que eso, una cifra, pero detrás hay millones de realidades humanas seriamente afectadas -algunas verdaderamente  mutiladas- por la brutal estafa de la que somos víctimas directas la inmensa mayoría de los españoles. Un engaño que todavía hoy muchos se empeñan en denominar crisis.

Terminada la época de bonanza -lejos queda hoy la orgía constructora-  y teniendo presente el absoluto estado de desnutrición de las que antaño fueron vacas gordas, somos testigos de cómo los bancos que nos extorsionarion diariamente se adueñan hoy de nuestras casas,  nos vetan el acceso a nuestros ahorros y aseguran su futuro gracias al dinero prestado a los contribuyentes; los mismos a quienes no conceden más préstamos ni alquileres sociales, los encargados de costear los intereses del brutal festín capitalista. Y todavía hay quienes hablan de una crisis. Bendita inocencia.

Quizás la inefable Fátima Bañez lo dude,  el cínico Wert lo desmienta o el indescriptible Rajoy lo rebata torpemente -de donde no hay no se puede sacar- pero hoy somos muchos los jóvenes que nos vemos obligados a desempeñar trabajos de subsistencia, mientras seguimos formándonos.  Y eso, los que tenemos la suerte de encontrar trabajos mal pagados y con pésimas condiciones, para los que estamos sobrecualificados, y que pese a todo debemos agradecer.

Quizás, quienes nos tildan de aventureros piensen que somos idiotas, ni-nis, que estamos dispuestos a soportar más abusos, que seguiremos aceptando las patéticas- e incluso ofensivas- condiciones laborales impuestas entre recortes, ajustes y otras mamonadas. Me pregunto durante cuánto tiempo podré seguir usando palabras tan tibias; mientras aumenta la presión que ejercen sobre nosotros,  crecen la frustración, la rabia y la desesperación. Duele. 

Y todo esto, sin pensar en quienes sobrepasan la treintena, quienes han firmado hipotecas o tienen hijos y familiares a su cargo. Quienes han sido víctimas de ERES; los que han sido arrojados al mercado laboral tras decenas de años de trabajo, sin formación ni ayuda.  Quienes ven más arrugada su piel, mermadas sus capacidades motoras, pero sostienen con sus menguantes pensiones el peso de toda una familia (y de un país, ya puestos).

La rabia y el victimismo no sirven, la desesperación es un ingrediente más del peligroso cóctel que nos han servido bien removido, no agitado. Pero la dignidad humana, el orgullo, la rabia y la frustración pueden provocar explosiones de energía que únicamente tienen lugar en momentos de necesidad, para sacarnos de una vez del atolladero. Tenemos derechos, tenemos futuro: debemos luchar por él.

A quienes se encuentren hundidos y no tengan un verdadero motivo para quedarse, una razón más fuerte que el miedo a la nostalgia del hogar o el triste conformismo inculcado por el sistema sin nuestro consentimiento: salid de aquí. “Scramble”, en palabras del maestro Enrique Meneses; salid de aquí en cuanto podáis.

Aún existen lugares donde se premian la excelencia, la profesionalidad o la curiosidad. Aún hacen falta enfermeros, mecánicos, carpinteros, abogados, maestros y periodistas en la Tierra; oportunistas y mediocres no gobiernan los destinos de cada uno de los mortales. En cierto modo, las fronteras no son más que trazos en los mapas, líneas que en muchos casos podemos cruzar.

Muchos de los que aún elegimos quedarnos lo hacemos para defender  a quienes sufren cada abuso, cada violación de sus derechos elementales, dispuestos a quemar hasta el último cartucho para gozar de una vida digna en nuestro país. Resistimos desmotivados, profundamente decepcionados, pero con ganas de jugar nuestras últimas cartas antes de abandonar el barco. Y cuando por fin nos neguemos a seguir tragando, cuando hayamos derramado hasta la última gota de sudor y hayamos sufrido el último de los abusos, llenaremos maletas de ropa, recuerdos y ganas de seguir creciendo.Ganas de tener futuro.


Nos han dado por perdidos, pero nosotros no tenemos porqué hacer lo mismo.


El texto y las imágenes publicados pertenecen a la Revista Pensamiento Crítico, que autoriza su difusión siempre que se especifique la procedencia de estos contenidos. Fotografías y actualizaciones diarias en http://www.facebook.com/Rpensamientocritico.

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