Uzbekistán: totalitarismo del siglo XXI

Raquel Tobajas Torres

Número 19 -  01/07/2013

Vista aérea de Taskent, Capital de Uzbekistán
Foto de Aitilin
La república de Uzbekistán es, en teoría, una república presidencialista, con un jefe de Gobierno (Islam Karimov) y un primer ministro (Shavkat Mirziyayev). En la práctica es un totalitarismo, “un sistema político que tiene como objetivo controlar y regular ampliamente la vida de los ciudadanos” que además surgió en el siglo XX “cuando ya existe la tecnología necesaria para vigilar y regular la vida de la población (...). Estos gobiernos se basan en la concentración total del poder, impiden el acceso de la población a fuentes de información extranjeras e intentan evitar cualquier intento de oposición atemorizando a la población. (...) Lo que quieren es que les sean leales de corazón” (Macionis y Plummer, 2008).



Islam Karimov Presidente del país
Foto de Anvar Ilysov
Islam Karimov es el presidente de la república desde hace más de dos décadas. Mientras Uzbekistán se encontraba bajo el dominio soviético –hasta diciembre de 1991 este país fue parte de la URSS- Kamirov ejerció como líder del Partido Comunista de Uzbekistán. Durante su etapa al poder, Karimov ha aprovechado para restringir derechos fundamentales del ciudadano, tales como la libertad de prensa o de religión, llegando incluso a prohibir los partidos políticos en la oposición, que tienen dos opciones: o callarse o ejercer su labor desde el extranjero. En Uzbekistán solamente existen cinco formaciones políticas y todas ellas son afines a las ideas del dictador. Además, ha reformado la constitución de tal forma que se puede presentar a la reelección de presidente tantas veces como él quiera. Antes de introducir este cambio, un presidente solo podía presentarse dos veces a las elecciones, pero Karimov ha ido prolongando sus mandatos recurriendo a dudosas consultas populares para justificarlo. De entre un total de 17  millones de habitantes con derecho a voto, en las pasadas elecciones fueron 15 millones de ciudadanos los que acudieron a las urnas, en un sistema que difícilmente puede ser calificado como una democracia real. De hecho, Amnistía Internacional utiliza un término muy concreto para definir el sistema: dictadura.

El Gobierno ha actuado en materia antiterrorista prohibiendo partidos y organizaciones pro-islamistas. Es el caso del Movimiento Islámico de Uzbekistán, grupo que el Comité del Consejo de Seguridad de la ONU asocia desde 2001 a Al-Qaeda. Fundado a finales de los años 90, se compone de unos 500 miembros procedentes de Uzbekistán y de otras repúblicas ex-soviéticas. Al principio, su objetivo primordial era derrocar a Islam Karimov y luchar contra los principales problemas del país (alta tasa de paro, sin ir más lejos), pero poco a poco se fue radicalizando. Esta formación ha sido la responsable de al menos dos ataques en el vecino Kirguistán en diciembre de 2002 y mayo de 2003.

Otra formación prohibida por el gobierno Karimov es Hizb ut-Tahrir (“Partido de Liberación). Fundado en los años 50, pretende unir a todas las comunidades islámicas bajo un califato. Aboga por la imposición de la Sharia (la ley islámica) y pretende perseguir a todos los infieles (aquellas personas que no siguen los principios del Islam). Es una organización que cuenta con aproximadamente un millón de miembros y que está presente en más de cuarenta países.

Inexistente libertad de prensa

La prensa es el peor enemigo de Islam Karimov. Según el informe anual de Reporteros Sin Fronteras (RSF) de 2012, Uzbekistán encarceló a diez periodistas por ejercer su profesión y ocupa el puesto 164 de 179 en cuanto a libertad de prensa. Algunos de los informadores recluidos cumplen penas desde 1999. El Gobierno de Karimov no concede visas y tampoco permite ni la entrada ni la salida de periodistas extranjeros. Dentro de la prensa nacional, todos los medios dependen del gobierno y le atribuyen todos los méritos del país al presidente.

Los periodistas solamente pueden reunirse con el personal diplomático tanto uzbeko como extranjero si el gobierno de Karimov lo autoriza. Tampoco pueden asistir a ruedas de prensa, lo cual dificulta enormemente la labor informativa en el país. Además, los pocos periodistas independientes que ejercen en Uzbekistán han sido obligados a pagar multas, sometidos a torturas y arrestos domiciliarios. Se han llegado a documentar casos de periodistas que han ingresado en centros psiquiátricos por orden del gobierno.

Medidas contra la población uzbeka

Las torturas y extradiciones de Karimov de todo aquel que se atreva a poner en duda su régimen son constantes. Una de las medidas más sorprendentes que ha tomado es el control de natalidad. Los ginecólogos uzbekos están obligados a esterilizar a varias mujeres al mes sin que ellas lo sepan. Esto se produce normalmente tras dar a luz (de ahí el aumento de cesáreas, ya que es una oportunidad para extirpar el útero de la mujer sin que ella se entere) o mediante una revisión rutinaria. El número de esterilizaciones depende en muchos casos de si el médico encargado de llevarlas a cabo ejerce en un área rural o en una gran ciudad.

La caída del Muro de Berlín y con ella la del comunismo propiciaron la creación de varias repúblicas en el centro de Asia y en Oriente Medio. Sin embargo, esto ha traído la consolidación de regímenes poco o nada democráticos y del terrorismo con la proliferación de grupos islamistas en la zona. Esto y la constante violación de derechos humanos a pesar de los constantes llamamientos internacionales han ido en detrimento de su reputación internacional. En 2011, Islam Karimov viajó hasta Bruselas para reunirse con representantes de la Unión Europea y de la OTAN y hablar sobre temas de seguridad. Sin embargo, el presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, declinó conversar con él por razones ideológicas, aunque el conjunto de países que integran la UE no hayan unificado su posición con respecto a Uzbekistán, un país en el que se producen importantes vulneraciones de los derechos humanos. Y Europa lo sabe.



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