El falsificador que engañó al mundo con su arte

Alejandro López de Miguel

Número 21 - 05/08/2013

En tiempos en los que todo parece estar teñido de falsedad y mentira, de corrupción y engaño, cuando desde todo tipo de tribunas lanzan mensajes maliciosos repetidos en el tiempo parece más difícil encontrar verdaderas demostraciones artísticas. El bombardeo de mensajes por parte del mundo político-económico puede causar la sensación de que estos inundan todas las parcelas de nuestra sociedad, que lo superficial, frío y destinado a obtener un beneficio puramente material se adueña de todo, incluso del arte, pero nada más lejos de la realidad. Y es que la creación artística, como la vida del ser humano adquiere nuevos matices al superar las dificultades, que contribuyen a la creación de verdaderas obras de arte.

Elmyr de Hory en Ibiza. Foto: eldiario.es
El mundo artístico está lleno de contrariedades, de tonos blancos que pasan al negro -pasando y sin pasar por el gris- de luces, sombras y reflejos, y Elmyr de Hory es un buen ejemplo para ilustrar este discurso. Alguien que comenzó creando meras copias, reproducciones, imitaciones del genio de otros artistas, pero que logró reunir una importante obra, rica, pero polémica. Es la historia del mayor falsificador de obras de arte del mundo.

El gran falsificador insistía en que no copiaba, sino que pintaba a la manera de otros artistas a los que admiraba, expresándose según su estilo, aunque la tendencia de Elmyr a recurrir a esta “metodología creativa” probablemente esté relacionada con el rechazo que la crítica brindó a su obra. Según recogen varias fuentes documentales, de Hory siempre aseguró haber firmado sus cuadros con su nombre, atribuyendo a otros el cambio de su firma, y ya puestos, la venta de sus cuadros como auténticos trabajos de Monet, Matisse o Picasso; algunos de los más grandes pintores de la historia, a los que no tuvo reparos en emular.

Nacido en Hungría en 1906 en el seno de una familia de clase media, Elmyr de Hory envolvió con mentiras el relato de su vida, que muchos describen como llena de lujos, fiestas, escándalos e intrigas, vividas siempre con nombres falsos y nuevas identidades, para escapar de la justicia. Dory-Boutin, Elmyr von Houry, Herzog, L. E. Raynal o Louis Nassau son algunos de los nombres utilizados por el pintor en su particular juego del escondite con las autoridades, que él mismo terminaría décadas después de haberlo iniciado.

Algunas fuentes cifran en el millar el número de cuadros elaborados por el falsificador-artista, que ha visto colgadas sus obras en algunos de los museos más importantes del mundo, aunque siempre firmada con el nombre de consagrados pintores; un fraude artístico de impresionantes proporciones.

Teniendo en cuenta esta cifra, los mil cuadros que estiman pudo firmar el pintor, sorprende que el Círculo de Bellas Artes no fuera capaz de reunir más de una treintena para la exposición que ofreció hasta el mes de mayo con la obra del pintor húngaro.


Elmyr de Hory imitando a Monet. Foto: Circulo de Bellas Artes

Proyecto Fake era el nombre de la muestra sobre este apasionante personaje, envuelto por una aureola de misterio de la que también han sacado partido museos, editoriales y productoras. De hecho, en Viena existe un museo dedicado a la obra de los más famosos falsificadores de arte entre las que se exponen obras del húngaro. El libro ¡Fraude! La historia de Elmyr de Hory, el pintor más discutido de nuestro tiempo, escrito por su amigo Clifford Irving,o la película Question Mark (Fake) del cineasta norteamericano Orson Welles, nos acercan a la emocionante vida del falsificador.

En la década de los 70, cuando de Hory llevaba ya 10 años viviendo en nuestro país, era posible adquirir algunas de sus obras firmadas con su nombre real en Madrid, llegándose a pagar hasta un millón de pesetas por alguna de estas piezas. Paradójicamente, y aunque es posible que él no lo supiese, se han encontrado falsificaciones de sus propias falsificaciones; Elmyr ha sido imitado a pesar de todo.

La historia del pintor –que no de su obra- llega a su fin en 1976, cuando de Hory se suicida sólo un día antes de la llegada de una orden de extradición a su nombre remitida por la policía húngara. Y esto no es todo: con la mezcla de barbitúricos y alcohol que le llevaron a la tumba, Elmyr de Hory arrastra también la lista de obras que había falsificado hasta entonces, muchas de ellas expuestas por aquel entonces en distintos museos.

¿Se habrán descubierto todos los cuadros del gran falsificador? ¿Seguirá alguno de ellos colgado en alguna casa, alguna galería o museo, sin que nunca se sepa la verdad? La exposición del Círculo de Bellas Artes llevaba un nombre muy acertado: Proyecto Fake, perfecto para describir la historia del pintor Húngaro. 

Elmyr de Hory fue un falsificador, alguien que consiguió vender humo a precio de oro. Fue un estafador, pero logró ser imitado, atraer al público, crear arte. Aunque su obra artística naciese de copiar otras ideas, logró consolidarse. En estos tiempos de falsedad, de palabras vacías, falta de explicaciones y posturas e ideologías de cartón-piedra, el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, y a pesar de surgir de cualquier ámbito, esfera o cúmulo de situaciones personales  sigue siendo puro. Sigue siendo arte.


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