Chema Castaño Risco    -   Opinión

  Número 29 - 15/11/2013
Este país está agotado. Es palpable el desánimo en las calles, tiendas y bares; la gente ya asumió la crisis, la interiorizó hasta hacerla parte de su propio ser. Hoy en día, casi todo el mundo está en crisis -económica, generacional, personal o cualquiera de sus variantes-, y este hecho deriva en un pésimo tufo a resignación.

España es un país lleno de gente orgullosa por pertenecer a esta nación.

Españoles henchidos de un sentimiento patrio que celebran con exacerbada pasión las victorias de la roja. Chovinistas que no toleran comentarios o bromas -procedentes del extranjero- que pretendan criticar nuestra idiosincrasia, nuestra cultura o que simplemente analicen de forma reflexiva la actualidad político-social de nuestro reino.

Gran Vía tras 9 días de huelga de basura
Alejandro López de Miguel
Patriotas invadidos por un odio a lo catalán o a lo vasco tan fuerte que-inconscientemente-, son motores que activan el proceso de separatismo social entre los distintos pueblos. Españolitos que lucen orgullosos la bandera nacional en cualquiera de sus prendas u objetos mientras, en la medida de lo posible, defraudan todo lo que pueden y más al Estado con sus fraudulentos asuntos. Dirigentes políticos y aristócratas, supuestamente corruptos, que promocionan y elogian la Marca España, quizá en deuda por ser opulentamente mantenidos por los contribuyentes de un país en el que más del 28% de la población es pobre.

Estamos acostumbrados a andar entre la mierda. Nos hemos resignado a aguantar los malos olores y lo peor de todo: creemos que no podemos limpiarla. Es ahora, en este momento en que los ciudadanos anónimos mantienen el peso muerto que supone un país paralizado, cuando debemos premiar a los buenos y juzgar a los malos.

Seamos patriotas, pero no de los que coletean sujetos a un sistema político heredero del régimen franquista -aquel que nunca se desmanteló-, sino de los que miran por el bien de la región que habitan y, por consiguiente, de sus vecinos. No dejemos que los rancios conceptos provoquen -aún más- la división de nuestra sociedad. Saquemos la escoba y limpiemos la basura que se acumuló.

Durante mi infancia, recuerdo que cada vecino limpiaba la parte de acerado correspondiente a su fachada. La calle estaba limpísima.


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