“Hablan de la matanza de Srebrenica, pero olvidan la operación Tormenta de EEUU”

Cuadernos de Bosnia II

Número 29 - 19/11/2013

Alejandro López de Miguel


Nevada (derecha), su hermano Vladimir, su abuela
y su  madre // AL de Miguel
Una escuela de primara y otra de secundaria. Tres bares junto a la carretera principal y otros tantos en el interior del pueblo, plagado de secaderos de tabaco. Los 3.000 habitantes de Ljubine -ortodoxos, católicos y musulmanes- arrastran, por el mero hecho de ser serbo-bosnios, la responsabilidad de haber provocado una guerra que golpeó de lleno el corazón de Europa, de la que aún están recuperándose. Una responsabilidad atribuida por la llamada comunidad internacional, tan habituada a involucrarse en guerras como a simplificarlas.

Como la inmensa mayoría de las familias, la de Nevena Dragomi se dedica al tabaco: Los tres hijos, los padres, que además trabajan como electricista y limpiadora, respectivamente, e  incluso Dada, la abuela septagenaria, ofrecen cigarrillos a los recién llegados y  continúan enhebrando hojas para ponerlas a secar mientras la joven cuenta su historia.

El cabeza de familia (izquierda) y un vecino // AL de Miguel
Nevena  cursa el primer año de la escuela secundaria. A sus 15 años,  es capaz de defenderse con el inglés, una lengua que sólo hablan los más jóvenes en Bosnia-Herzegovina, y que sus hermanos Vladimir e Ivanna comienzan a entender.   Como a la mayoría de los chicos del lugar, España les suena a fútbol, a Real Madrid y Fútbol Club Barcelona, aunque ellos no portan camisetas, muñequeras y otros productos que sí han logrado abrirse camino hasta otras casas en las regiones más remotas del país.

Salvo algunos familiares que hoy residen en Serbia, los Dragomi viven en la República Srpska, la región de mayoría serbo-bosnia, y no tienen muchas esperanzas en abandonar el lugar en los próximos años, según la joven.

A sus 74 años, la abuela de Nevada sigue ayudando a la
familia con el tabaco // AL de Miguel
Cuando Nevena está explicando en qué consiste el trabajo que ha reunido a la familia bajo un árbol junto a la casa, su compañera y vecina Marjana irrumpe en el lugar, ávida por lograr la atención de los visitantes extranjeros.  “A partir de los 10 o 12 años todos ayudamos con el tabaco. A veces,  tenemos que levantarnos a las 5 de la mañana para ir a recogerlo, pero estamos acostumbrados. Mi abuela también lo hace, le trae recuerdos de su infancia”, asegura antes de devolver las preguntas a sus entrevistadores.

Las preguntas sobre la Guerra de los Balcanes llevan irremediablemente a unos segundos de vacilación y a la pérdida momentánea del aplomo,  hasta que Marjana encara el asunto, resuelta: “En mi familia todos sobrevivieron a la guerra. Tengo dos hermanos nacidos en 1987 y 1991. Entonces no entendían lo que estaba pasando. Mi madre me contó que cuando las granadas caían tenían que refugiarse en el sótano. Mi hermano no lo entendía, él quería jugar”,  recuerda.

Hojas de tabaco secándose al sol en casa de Nevena, Ljubine // AL de Miguel
Marjana es compañera de Nevena en la escuela  secundaria, por lo que aún tienen 4 años para decidir sobre su futuro. A la primera le gustan el inglés y la física, pero la segunda no lo ve tan claro: “No sé qué quiero hacer, aquí ni siquiera hay universidad”.

La más cercana está en Bania Luka, a cincuenta kilómetros de su casa; una hora de distancia por las carreteras bosnias, serpenteantes, estrechas y  controladas por policías fáciles de sobornar.

Nevena escribe sus señas bajo la atenta mirada de
su hermano // AL de Miguel
Marjana pregunta cómo es superar la veintena en un país como el nuestro mientras fantasea con alcanzar la mayoría de edad: “No quiero tener 15 años, no me gusta volver a casa a las 11 o a medianoche. Vivimos en un pueblo pequeño, no hay más problema que los ladrones de tabaco, quiero volver más tarde”, protesta, de manera parecida a como lo haría cualquier adolescente en nuestro país.

El comentario de Nevena tampoco sorprendería en boca de cualquier joven español: “No sé lo que voy a hacer, encontrar trabajo aquí es difícil, muy difícil”. Las mismas preocupaciones a las que se enfrenta un joven en nuestro país… pero al otro lado de la sólida frontera de la Unión Europea, que Bosnia tiene aún pocas posibilidades de traspasar.

Y es que, con todas sus limitaciones, incongruencias, reglamentaciones y discursos hipócritas,  la UE permite el libre tránsito entre países, y ha contribuido a nivelar los niveles de vida de los 28 estados miembros.  Al otro lado de este nuevo telón de terciopelo -más suave, pero tan definitivo como el viejo telón de acero- se encuentra un país cubierto por centenares de miles de minas, con una tasa de desempleo del 43%, víctima de las negociaciones, intereses y tejemanejes de unos y otros, que lucha por salir adelante aunque no se lo pongamos nada fácil.

Uno de los parroquianos de Ljubine alza su cerveza -'pivo'- para saludar
AL de Miguel
“Es doloroso cuando Estados Unidos y otros grandes países nos acusan de ser los invasores”, sostiene Marjana. “Siempre hablan de Srebrenica, pero no de la operación Tormenta que lanzó Estados Unidos.  Fue muy dura, pero esa no la mencionan”, defiende. Y es que, a su temprana edad, Marjana ha recibido una dura lección: “La primera víctima de la guerra es la verdad”, afirmó el senador republicano Hiram Johnson. La historia la escriben los vencedores, y la verdad queda relegada a un segundo plano. Hay muchos intereses en juego como para permitir que salga a la luz.

Marjana no deja pasar la ocasión de posar para los fotógrafos // AL de Miguel
Vladimir se deja fotografiar. Las manos son de su madre, que no deja de trabajar en ningún momento // AL de Miguel

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